Después de tres años de haberme despedido físicamente de mi primer esposo, aceptando su partida de este mundo, en Noviembre de 2018 un nuevo capítulo de vida comenzó para mí. Me enamoré de nuevo y me casé, pero el reto incluía no solo conocer un mundo en pareja diferente, sino cambiar de ciudad, de país, de cultura, de idioma. Cuando despegó el avión, dejaba en mi tierra a mi familia, desde mis padres hasta mis sobrinos y una sobrina- nieta que estaba por nacer, mis amigos y mi rutina.
Tras veinte años de trabajo con niños, me despedí del colegio, apenas tres años antes, me habían dado la responsabilidad de un puesto nuevo. Me había tomado tiempo enamorarme de mi casa, de aprender a vivir conmigo misma y mi perrita dándome cuenta que vivir solo no significa sentirte solo. Mi casa era punto de reunión para amigas y familia, mis vecinas me alegraban el día, sus hijos me visitaban, y en ocasiones me sorprendían con una rebanada de pastel, en otras era yo quien compartía algún platillo.
Al dar la noticia de mi matrimonio, y de mi futura partida, muchas fueron las preguntas,-¿Te vas a ir?, -¿Vas a dejar todo?, – ¿Y tu trabajo?, -¿No te da miedo?, -¿No se te hace que es muy pronto?…
Dos idiomas, pero nos entendíamos bien, hacía el esfuerzo por aprender más inglés día a día, me arriesgaba a equivocarme al hablar, lo único que podía pasar es que me corrigieran. Entre la emoción de una nueva vida, no había notado que mi vida social cambiaría.
Seguí mi corazón, empaqué lo que era necesario, confié en mi intuición y en Dios, tres años antes creí haberlo perdido todo, eso incluía mi esperanza, pero no me daba cuenta que en realidad solo había perdido el miedo que me ataba, pues la esperanza seguía intacta, y era justamente lo que impulsaba a descubrir un camino nuevo.
Los primeras semanas eran de descanso, de ensueño, de vacaciones…pero al pasar los días, la inmensa actividad que me envolvía se había alejado, mi esposo salía a trabajar todo el día, mientras que yo, de pie frente al espejo, trataba de adivinar a quien pertenecía esa silueta que observaba, que ya no se movía constantemente, que no tenía prisa, ni una agenda llena, ahora comenzaba a tener un trato con el tiempo libre. Durante el día mi única compañera era mi perrita Yorkie, quién abordó aquel avión conmigo rumbo a mi nuevo hogar, pues finalmente ella ha sido una testigo fiel de mis sueños, de mis aprendizajes, de mis tristezas y alegrías.
Comencé a escribir y a leer mucho más de lo que lo hacía en mi tierra. Me cuestionaba sobre mi productividad, mis logros, mi trascendencia en el mundo, mi propósito de vida. ¿Cómo podía llegar a trascender si ya no estaba en contacto casi con nadie? Seguía llamándole a mi familia, la tecnología me aceraba a mis amigas, pero finalmente seguía aquí, en un espacio menor al que normalmente habitaba, así que poco a poco comencé a descubrir un mundo nuevo.
Descubrí que los pájaros tienen un hora fija para cantar, que cuando los gansos graznan al pasar por mi ventana es hora de levantarme. Comencé a crear pequeños hábitos que anteriormente, las prisas o la comodidad de tener ayuda en casa, no me permitían tener, como tender mi cama antes de bañarme, abrir las cortinas para iluminar la belleza de mi espacio. Me di el tiempo de salir a caminar cada mañana al parque con «Chiquita», sentir su emoción, me robaba una sonrisa. Reconocí el árbol exacto donde viven las ardillas, conocí el canto de los colibríes y comencé a saludar a las personas, que también paseaban a sus mascotas.

Queta y yo creamos un lazo, ella me conoce y yo a ella.
Recibí el regalo de tener una ardilla como mascota sin tenerla prisionera, ella sola comenzó a buscar cacahuates en mi balcón, le puse nombre y creamos un lazo, pues ella me conoce y yo a ella, su nombre: Queta.
El día comenzó a transcurrir sin prisa, en armonía, cocino más y descubro nuevas recetas, valoró el compartir mis platillos con quien llega a casa cansado y con hambre. Encontré nuevas habilidades, con tutorial en mano pude hacer una cobija con un estambre y un gancho. Aprendí que tener un día bueno va más allá de tener logros públicos, tener un buen día significa conectar conmigo, no importa si me siento feliz o triste, comencé a conocer el patrón de mis emociones por el mero hecho de ser mujer, sin tener que darle una autoría a mi tristeza o a mi enojo.
Me propuse retos tan sencillos y tan complicados a la vez para mí, como tomar agua, para hidratar mi cuerpo, tener horario para levantarme, crear una rutina en el día, dejando a su vez espacio para improvisar y descansar mis manos dejando que mi corazón pueda comenzar a crear.
Estar en casa, me hizo aprender la importancia de escuchar más que de hablar, buscar en el mundo de los “Podcasts” y elegir con lo que quiero nutrir mi alma. Indagué entre los estantes de la biblioteca pública y disfrute de los paseos en compañía de mis pensamientos, al tiempo que me entusiasmaba con la los fines de semana, para gozar la vida en pareja. El tiempo a solas me llevó a pensar en la importancia de tenerlo, es tiempo para conocerse, para aceptarse, para amarse.
Trascender como ser humano comienza en el interior, en disfrutar los pequeños placeres, si me detengo a observar una flor, si camino con una sonrisa o si puedo ayudar a descargar el carrito del supermercado de quien lo necesita, es tan importante, como la labor que realizaba en mi trabajo.
No me atrevo a decir que comencé de nuevo, pero si puedo asegurar que continuo viviendo, con todo lo que conlleva, descubro, aprendo, suelto, creo nuevas experiencias, pero sobre todo ahora agradezco cada momento, cada situación, cada persona que cruza en mi vida, cada momento es como un hilo que va tejiendo mi propia vida con sus colores y texturas.
Estar en casa lejos de todo, pero tan cerca como están los pensamientos y los sentimientos, esos que nos unen con quienes amamos, el amor comienza conectando con nosotros mismos. Después de todo como dijo: George Sand: «Uno sabe lo que ha perdido, pero nadie sabe lo que puede encontrar». Y así es como día a día la vida continúa.
Lillián de León


Hermosa tu aportación de hoy. Planteas que se puede convertir en realidad los deseos de las familias que ven partir a alguno de sus miembros lejos de la seguridad del hogar. Felicidades.
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Amiga cómo siempre me encanta lo que escribes! Eres única!!! Te quiero
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