Me gustan las flores naturales, disfruto mucho al ver su variedad en cuanto a colores, tamaños y formas; tienen magia, encanto, energía que me transmiten y me hacen evocar diferentes sentimientos pero siempre me hacen sonreír.
Las flores me sorprenden por su aparente lento proceso de crecimiento, digo aparente, porque en realidad es tan rápido, que de pronto, al despertar un nuevo día, sus colores y belleza son visibles ante mis ojos. Han florecido.
Así también, sin pensarlo, su vitalidad se termina en un instante, dejando a su paso memorias de su belleza. Eso es lo que las hace diferentes a las flores artificiales.
La belleza de una flor artificial nunca se acabará, no será necesario buscarle un lugar especial para verla florecer, ni tendremos que tener cuidados para mantenerla viva. Sabemos de antemano, que es solo un reflejo de lo que anhelamos tener, la energía vital de la belleza pura, mezclada con inocencia y tenacidad que una flor natural nos puede transmitir, pero preferimos no correr el riesgo que conlleva cultivar a una flor natural.
Son las flores las que me hacen pensar en la dualidad de la vida. Esos cambios inesperados que nos mueven las emociones. Y me cuestiono ¿En qué momento, sin darnos cuenta despertamos y nuestro cuerpo, o de nuestra pareja, o el cuerpo de algún ser querido, empieza a decaer en salud? Los niveles descienden en silencio, sin que nadie lo notemos hasta tiempo después.
Así cómo una flor comienza a marchitarse, ¿En que mañana despertamos y ese amor por la pareja empieza a decrecer, de forma gradual, despacio, pero que al cabo del tiempo nos cambiará la vida para siempre? No lo sabemos, pero sí me atrevo a decir que es la misma energía que fluye dentro de nosotros la que nos permite tener cambios inesperados y maravillosos; me viene a la mente la imagen de una mujer que al despertar un día, en algún momento de las siguientes horas, sin ser completamente consciente de ello, un nuevo ser comenzará a crecer en su vientre. Descubrirá el milagro de la vida hasta tiempo después.
¿Bajo el sol de que día, hundido en tu rutina, en algún punto de ese día, conocerás a una persona o vivirás una situación que cambiará por completo el rumbo de tu vida? Incógnitas que quedan varadas frente al encanto de estar vivos. La energía vital es quien nos abre esta dualidad, la dualidad que nos hace sonreír y llorar al mismo tiempo, que nos hace darnos cuenta como nuestras emociones fluyen y se mueven al ritmo cíclico, como lo son las estaciones, la noche y el día, como es el ciclo de vida de las flores.
Desafortunadamente solemos poner nuestra atención en las situaciones negativas, sin darnos cuenta la transformación que se llevará a cabo dentro de nosotros, y lo que estaremos por descubrir después. La dualidad será el eslabón para ayudarnos a florecer.
La ambigüedad de experiencias nos impacta nuestras emociones, nuestras expectativas, impacta la tranquilidad que sentíamos con esa rutina establecida, impacta nuestra visión de vida que nos posicionaba en un lugar seguro.
Los días inesperados nos muestran oportunidades bellísimas para salir adelante, llevándonos a descubrir nuevos momentos; sin embargo lo que se encuentra deteniéndonos para no dejarnos fluir, es el miedo. Miedo a lo desconocido, a lo que viene y no esperamos, a que nuestra vida cambie completamente.
En la vida podemos perder muchas cosas, y también podemos ganar infinitas más, pero lo único que nadie nos puede arrebatar, porque eso nos pertenece, es la decisión de ser felices. Victor Frankl, en su libro “En busca del sentido de la vida”, hablaba de la libertad de elegir nuestra actitud, dándole forma a los sentimientos, emociones y decisiones que llevamos dentro.
Muchas veces la sociedad nos puede marcar el cambio o nos presiona a tomar un giro en nuestra propia vida, pero olvidamos, que como las flores naturales, somos nosotros quienes conocemos en que espacio podemos florecer, que clima nos favorece y que ambiente nos ahoga por completo.
La belleza de una flor puede ser tan pasajera como es la belleza del tulipán, puede tener más vida como una orquídea o bien, habrá situaciones, como los geranios que permanecen por largo tiempo, situación que quizá nos lleva a familiarizarnos y perder la admiración por la belleza de ese momento, mientras que las de poca duración nos dejan un impacto que deseamos volver a vivir.
Nacer y morir es la dualidad de nuestra propia vida, es la constante en nuestras relaciones, experiencias y satisfacciones, pero los jardines más bellos se nutren de diversidad. Es buen jardinero quien conoce su jardín, valorando cada estación, preparando el terreno en momentos críticos para disfrutar la belleza de los nuevos brotes; así, sin darnos por vencidos volveremos a sembrar nuevos momentos con paciencia y dedicación para seguir sintiendo la maravillosa dualidad de la vida.

Wowww!! Muy bella reflexión y verdadera!!
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Me encantó. Es una profunda reflexión sobre la vida y nuestro paso por ella. Felicidades Lillian.
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Wow!!! Realmente me inspira a entregarme a esta dualidad que es la vida… pues como dices “la energía vital es quien nos abre a esta dualidad”…
Entonces, a enfrentar este gran desafío… pues todo tenemos para lograrlo… un abrazo grande!!!
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